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viernes, 19 de febrero de 2010

Transgénicos (III): La hora de la soberanía alimentaria

La hora de la soberanía alimentaria
Recuperar una semilla local es mucho más que un acto medioambiental. Es un gesto político que vincula al Norte con el Sur y cuestiona el modelo neoliberal de monopolios que ha invadido nuestra alimentación.

Miremos la etiqueta: manzanas chilenas, espárragos peruanos, langostinos de Ecuador, tomates marroquíes, calabazas senegalesas... alimentos kilométricos que recorren la tierra de punta a punta para llegar a nuestros platos. La idea de frutas y verduras de temporada o de productos locales ha pasado a engrosar la lista de conceptos obsoletos, como lo están haciendo muchas variedades hortícolas. De hecho, según la FAO, el 75% de las variedades genéticas de los cultivos agrícolas han desaparecido en el último siglo. Y todo gracias a una lógica neoliberal de mercado que ha entrado de lleno en el sector de la alimentación.

Una lógica de monopolios, de monocultivos que se traduce en bajos precios para los consumidores y consumidoras de los países del Norte, alimentos de mala calidad, grandes beneficios para los intermediarios y las multinacionales del sector, y hambre y miseria en los países empobrecidos donde, casualmente, están la mayoría de productores y productoras de alimentos. Una lógica que condena al movimiento campesino a la desaparición y a la pobreza. De hecho, los últimos datos de la FAO afirman que el número de personas desnutridas ha alcanzado los 1.020 millones. Una cifra que se agrava por la crisis alimentaria de 2008, fruto de la especulación y los agrocombustibles, y la coyuntura económica global. Lo irónico es que el 70% de las personas que pasan hambre son o eran productores y productoras de alimentos.

El discurso oficial habla con alarmismo de la falta de comida, y de la necesidad de una nueva revolución verde en continentes como África (es decir, más semillas modificadas genéticamente y agrotóxicos) para aumentar la productividad. Una revolución que favorecería a las grandes corporaciones del sector, como Monsanto, que aumentaría considerablemente sus ingresos y que perjudicaría directamente a los campesinos y campesinas, haciéndoles más dependientes con la compra de semillas modificadas cada año, contaminando su tierra y su agua y arruinando sus cultivos tradicionales. Algo que ya está pasando en muchos países como Brasil o Paraguay. De hecho, mientras en 2008 el número de hambrientos se incrementaba en cien millones, Monsanto anunciaba que durante el último trimestre de ese año sus beneficios se habían duplicado gracias a la venta de pesticidas (glifosato), especialmente en América Latina, y al incremento del precio de sus semillas entre un 15 y un 20%. Semillas transgénicas destinadas a monocultivos de soja que será exportada para que Europa alimente a su ganado.

Según datos del Ministerio de Medio Ambiente Rural y Marino, sólo al Estado español llegan cada año unos seis millones de toneladas de soja transgénica para dar de comer a pollos, vacas y cerdos. Una soja que en su lugar de origen deja deforestación –unos tres millones de hectáreas, lo que equivale aproximadamente al tamaño de Galicia– contaminación y miles de desplazados y desplazadas.

Ante esta situación la respuesta del movimiento campesino no se está haciendo esperar. Está plantando cara a Estados, organismos internacionales y multinacionales luchando por su soberanía alimentaria. Ésta se define como el derecho de los pueblos a decidir sus propias políticas de alimentación, producción y distribución de alimentos, de manera que se garantice el acceso a una comida sana, sostenible y adecuada. Los alimentos, por tanto, quedan fuera de las exigencias de los mercados y las multinacionales, fuera de la especulación. La Vía Campesina [ver p.18- 19], una coalición de 148 organizaciones creada en 1992, es el mayor representante a nivel internacional de esta lucha. Un momento clave para este movimiento fue el Foro Mundial sobre Soberanía Alimentaria celebrado en Mali, en 2007. Allí más de 500 representantes presentaron la declaración de Nyéléni, donde reclamaron el derecho al agua, a las semillas, a la gestión de la tierra.


Derechos Negados
Unos derechos que hasta la fecha no están garantizados en ningún país. Tampoco en el Estado español, donde el movimiento campesino se enfrenta, según Isabel Álvarez, del sindicato agrario EHNE, con el problema de acceso a la tierra, “se priorizan las infraestructuras y la especulación antes que la alimentación local”. El otro gran problema, afirma Álvarez, es “la privatización de todas nuestras fuentes de vida, como el agua o las semillas”. Pero las alternativas también se están articulando, y a través de distintos sindicatos agrarios y organismos se trabaja reclamando la soberanía alimentaria. Un ejemplo muy claro son las movilizaciones contra el cultivo de maíz transgénico en el Estado español. El sistema agroalimentario mundial tampoco beneficia a los consumidores y consumidoras, que de manera indirecta ingieren transgénicos sin saberlo (a través de la carne o la bollería industrial) y ven mermada la calidad de sus alimentos (menos sabor, más químicos, menos variedad).

Para Isabel Álvarez su papel también es importante en la lucha por la soberanía alimentaria. De hecho, otra línea que se está trabajando “es la alianza con los consumidores y productores, si las personas se conciencian y son capaces de ver qué hay detrás de un plato de comida, pueden ser la gran fuerza. Modificando nuestros hábitos de consumo día a día, la situación se puede cambiar”.


'Dumping' en el Sur
Práctica por la cual los países ricos invaden, gracias a las subvenciones que reciben, los mercados locales de otros países y hunden su producción nacional. En 2004, en Ghana el kilo de pollo local costaba casi el doble que el procedente de la UE.

Cuidado del entorno
El último estudio de la organización internacional Grain Cuidar el suelo demuestra con datos cómo la agricultura familiar y campesina puede contribuir y ser una buena herramienta para combatir el cambio climático al no ser tan contaminante.

Seguridad alimentaria
La seguridad alimentaria defiende el derecho de las personas a tener acceso al alimento necesario para cada día. No dice nada sobre la procedencia o la forma de producción de alimento y las consecuencias que esto pueda tener.

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Autor: Izaskun Sánchez Aroca
Fecha: 29/10/2009
URL: http://www.diagonalperiodico.net/La-hora-de-la-sob-erania.html
Fuente: http://www.diagonalperiodico.net/

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Transgénicos (II): Un peligro para la salud

Transgénicos: un peligro para la salud
Los últimos estudios de universidades francesas demuestran los efectos nocivos para la salud del maíz importado, cultivado y consumido en el Estado español.

Desde el inicio de la liberación de los cultivos transgénicos, ya se anticipaba que estos nuevos alimentos podrían generar problemas para la salud. Pero desde hace un tiempo tenemos ya pruebas, evidencias científicas, que demuestran que la manipulación genética de cultivos alimentarios tiene implicaciones peligrosas para la salud humana. Hace sólo unas semanas se hacía público un estudio desarrollado por científicos franceses de las Universidades de Caen y Rouen, que analiza los riesgos para la salud asociados a tres variedades distintas de maíz modificado genéticamente: MON810, MON863 y NK603.

El MON810 es el único autorizado para su cultivo en la UE, y España es prácticamente el único país europeo que lo cultiva a gran escala. Los otros dos están autorizados para su importación y para consumo humano. Los científicos utilizaron los datos en bruto que la propia multinacional Monsanto usó para conseguir la aprobación de sus maíces. Obtenidos por vía judicial, es la primera vez que estos datos son analizados por investigadores independientes. Los autores encontraron evidencias de daños en hígado o riñones, y muestras de problemas en el sistema metabólico en mamíferos. También critican la forma en la que Monsanto había analizado los datos, sin seguir los estándares científicos internacionales.

Pero hay más casos de estudios que revelan riesgos para la salud de maíces transgénicos aprobados para consumo humano. En noviembre de 2008, un estudio de la Universidad de Viena, patrocinado por el Gobierno de Austria, encontró que los ratones alimentados con un maíz transgénico, conocido como NK603xMON810 tenían menos descendencia, a consecuencia directa del consumo de este maíz. Este estudio demostró que es imposible predecir los efectos de la modificación genética en la salud. ¿La ley ampara nuestro derecho a elegir? La legislación no defiende el derecho del consumidor a elegir una alimentación libre de transgénicos. Aunque existe la obligación de etiquetar los ingredientes modificados genéticamente en los alimentos, la ley no exige, por ejemplo, que los productos provenientes de animales alimentados con transgénicos estén etiquetados. Y es precisamente la alimentación del ganado el principal destino de estas cosechas. Por lo tanto, de forma indirecta, podemos estar consumiendo transgénicos por medio de productos como carne, leche o huevos. Pero hay otro agujero más en la legislación. Si un ingrediente tiene menos de un 0,9% de componente transgénico, esta información no tiene por qué figurar en la etiqueta. Por lo tanto, hay pequeñas dosis que entran en nuestra alimentación sin que tengamos ninguna posibilidad de saberlo.

Según datos de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria, entre un 15% y un 20% de los productos en el mercado que contienen maíz o soja están contaminados por transgénicos, en su gran mayoría por debajo del umbral que obliga a su etiquetado. Hay otros que directamente incumplen la ley: productos como galletas, yogures, palomitas de maíz, colorante para paellas e, incluso, alimentos tan sensibles como potitos o leche infantil. La posibilidad de contaminación se agrava al considerar que nuestro país es el mayor campo de experimentación con transgénicos al aire libre de Europa, y que la seguridad de estos ensayos no está ni tan siquiera evaluada por las multinacionales, como demuestra la experiencia de contaminación masiva del arroz de Bayer en EE UU. ¿Podemos evitar comer transgénicos? Hay varias acciones que podemos tomar para evitar los transgénicos en nuestra dieta.

> En primer lugar, no comprar productos que contengan la expresión soja o maíz “modificado genéticamente” en la etiqueta. Hay muy pocos, pero los hay: lecitinas de soja, margarinas, mayonesas...

> Evitar en lo posible los productos precocinados, ya que suelen contener harinas, almidón o aceite de maíz o soja, con alta probabilidad de estar contaminados por transgénicos sin que figure en la etiqueta.

> Consumir productos locales, de temporada y ecológicos. En caso de consumir productos animales, optar por los procedentes de ganadería extensiva o ecológica.

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La debacle del arroz de Bayer en EE.UU.
En 2006 la multinacional alemana Bayer AG desarrolló una modalidad de arroz transgénico no autorizado que contaminó el 30% de la cosecha estadounidense.

Los cultivos experimentales ya han causado estragos en otros lugares del planeta, con repercusiones a escala global. Así, en 2006 Estados Unidos vivió un episodio de crisis agrícola, cuando la empresa alemana Bayer AG, a través de su subsidiaria Bayer CropScience, desarrolló el arroz transgénico no autorizado Liberty Link, que contaminó el 30% de la cosecha estadounidense. El foco fue situado en Riceland, en el Estado de Arkansas, lugar de producción y comercialización de la tercera parte del arroz estadounidense y el más grande a nivel mundial.

Como consecuencia de esta amenaza, tanto la Unión Europea como Japón bloquearon la importación de arroz norteamericano, lo que supuso a los agricultores afectados unas pérdidas que Greenpeace estimó en 1.200 millones de dólares, derivadas de los gastos para analizar las cosechas, retirar productos, cancelar pedidos y embargar importaciones.

A todo esto se añaden las pérdidas por los daños en la imagen y la falta de confianza por parte de los consumidores. Tras el incidente, Bayer Crop- Science, que intentó evadir toda responsabilidad, alegando que la contaminación se produjo por una causa “de fuerza mayor”, fue condenada a finales de 2009 por un tribunal de EEUU al pago de dos millones de dólares en concepto de indemnización a dos campesinos de Missouri, cuyos cultivos de arroz resultaron contaminados por el cruce con la variedad transgénica Liberty Link.


Campaña agresiva

Sin embargo, la empresa no cesa en el empeño y, en la actualidad, tal y como denuncia Greenpeace, está llevando a cabo una agresiva campaña para introducir este arroz transgénico en los mercados de Brasil, Europa, África y Asia, pese a los graves riesgos para la salud que representa. El arroz, conocido técnicamente como LL62, fue modificado genéticamente para resistir altas dosis de glufosinato, un pesticida tóxico también producido por Bayer y que puede ser peligroso para los consumidores si ingieren alimentos que contengan residuos del herbicida.

El uso del arroz transgénico de Bayer conlleva un aumento en la utilización de este herbicida, que la UE sitúa entre los 22 que deberán dejar de producirse en Europa por su elevada toxicidad. Sumado a los riesgos para la salud, el informe de Greenpeace El doble problema de Bayer concluye además que el arroz transgénico de Bayer CropScience no cuenta con el mismo valor nutritivo que los arroces naturales, por lo que introducir una gama de este tipo en países en desarrollo encarecería aún más las condiciones de vida de su población.
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Autor: Sara Plaza
Fecha: 21/01/2010
URL: http://diagonalperiodico.net/Nuevo-articulo,9921.html
Fuente: http://www.diagonalperiodico.net/

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Transgénicos (I): Más de 100 campos de experimentación de OMG

El aumento de la población, la reducción de las tierras fértiles a causa de la proliferación de la construcción y la contaminación, además de los grandes intereses mercantiles existentes, la modificación genética en los alimentos se dibuja como una positiva solución a los problemas de producción alimentaria, que en el fondo no es otra cosa que una ganga de explotación económica para las multinacionales, que a su vez cuentan con el apoyo de los Estados, disfrazado, eso sí, con la careta del progreso y lo saludable.

El producto transgénico cuenta con escasos estudios, lo cual impide tener un firme posicionamiento a favor o en contra, pero acudiendo a la sensatez, la posición más razonable es la prudencia, algo que no liga demasiado bien con la necesidad del urgente beneficio económico capitalista por el cual se basa cualquier empresa hoy en día. Sin embargo, aunque pocos, los estudios existen y no es que se estén sacando buenas notas sobre estos novedosos productos alimentarios. A pesar de esto y otras evidencias como la contaminación del 30% de la cosecha de arroz estadounidense ocurrida en Arkansas por el arroz transgénico no autorizado Liberty Link desarrollado por la empresa Bayer CropScience subsidiaria de la alemana Bayer AG, este tipo de empresas siguen manteniendo campañas agresivas para introducir este mismo arroz transgénico en los mercados de Brasil, Europa, África y Asia, pese a los graves riesgos demostrados que representa para la salud.

Para ampliar más la información sobre este tipo de productos y el peligro que conllevan, además de señalar a los permisores que dan luz verde a la experimentación, implantación y mercantilización, os dejo con unos artículos extraídos del Periódico Diagonal el cual pone el tema en perspectiva de una manera sencilla y clara. Los documentos los partiré en tres números, quedando los siguientes títulos en orden inverso:
Transgénicos (I): Más de 100 campos de experimentación de OMG
Transgénicos (II): Tansgénicos: un peligro para la salud / La debacle del arroz de Bayer en EE.UU.
Transgénicos (III): La hora de la soberanía alimentaria


Más de 100 campos de experimentación de OMG
Desde 2008 no se publican las actas de la Comisión Nacional de Bioseguridad informando en qué campos del Estado se cultivan Organismos Genéticamente Modificados. Empresas como Pioneer, Bayer o Monsanto tienen las puertas abiertas para experimentar.

Pese a que los últimos estudios demuestran los riesgos de los alimentos y los cultivos transgénicos, el Estado español abre sus puertas a las multinacionales del sector permitiendo la experimentación al aire libre en 100 municipios. la información sobre estos experimentos es confusa porque las actas de la Comisión Nacional de Bioseguridad no se publican desde 2008.

“Tenemos constancia de que se llevan años haciendo experimentos con semillas transgénicas al aire libre sin que los Concelhos, en el caso de Galicia, los ayuntamientos o las organizaciones sociales tengan conocimiento de ello. Desde el Ministerio y la Xunta nos han ocultado información”. Así lo declaraba para DIAGONAL Charo Sánchez, agricultora y secretaria de medio ambiente del Sindicato Labrego Galego (SLG) tras descubrir informes de campos de ensayo de maíz al aire libre realizados en 2008 en los concelhos de Arteixo o Santa Uxía. “Algo que desde la Administración nos habían negado. Ha sido como un jarro de agua fría”.

La información sobre los cultivos experimentales con organismos genéticamente modificados (OGM) sigue siendo oscura y confusa. Los campos de prueba al aire libre son, normalmente, parcelas arrendadas por las multinacionales a agricultores y agricultoras para probar nuevas variedades transgénicas (maíz, patata, remolacha o algodón, entre otras). Ensayos que forman parte de los protocolos previos exigidos por la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria para autorizar el cultivo comercial de nuevas variedades de OGM.

Un proceso por el que ya pasó el maíz MON810, el único transgénico que se cultiva comercialmente en el Estado español de manera legal, a pesar de haber levantado ampollas en la sociedad civil por sus consecuencias sociales o medioambientales. De hecho, el pasado mes de octubre, el Ministerio de Medio Ambiente Rural y Marino (MARM) reconocía por primera vez la existencia de personas afectadas por contaminación de sus cultivos con maíz transgénico MON810. Un peligro que se multiplica con los campos experimentales de transgénicos, cuyo cultivo comercial está prohibido por su falta de garantías, ya que ni siquiera han pasado por un trámite previo que evalúe su seguridad.

La competencia en el Estado español para autorizar estas pruebas a campo abierto es del MARM. En las solicitudes de las empresas se recogen unos protocolos de seguridad como la eliminación de la muestra. “Tras finalizar la cosecha, las plantas se destruirán por un medio adecuado, generalmente por trituración o enterramiento”, expone Monsanto en uno de sus pliegos para plantar maíz Nk603. La representante del SLG, Charo Sánchez, es tajante: “A eso no se le puede llamar eliminación de residuos. Esa contaminación queda en el suelo. El Ministerio sabe que por todo el territorio hay parcelas y parcelas con organismos transgénicos enterrados. Además, los principios de precaución no garantizan absolutamente nada. Sabemos por estudios que 200 metros de distancia con otros cultivos no es una barrera real de seguridad. Estos protocolos de ensayos y de residuos son los que las propias empresas proponen, no el Ministerio”.


A todas luces la seguridad parece escasa. “Hemos visto lugares, como Fraga, donde el principio de precaución no se había llevado a cabo. Simplemente habían pasado con una máquina para arrancar los restos del cultivo. Quedaban un montón de mazorcas por el suelo”, apunta Rosa Binimelis de la plataforma catalana Transgènic Fora.

Para Andoni García, responsable de Seguridad Alimentaria y Medio Ambiente del sindicato agrario COAG, no hay seguridad en cuanto hay una experimentación a campo abierto. “Con la investigación que se ha hecho no está garantizado que no existan consecuencias nocivas. Posiblemente haya habido contaminación de experimentales con otros cultivos, pero como sólo se analiza lo ecológico es difícil saberlo”.

Además de la inseguridad, el secretismo acompaña este tipo de ensayos. “Hemos comprobado que cuando se hacen cultivos experimentales no se avisa ni a la población ni a los vecinos”, declara la representante de Transgènic Fora.

Lo cierto es que la autoridad competente, el MARM, no está obligada a avisar a las localidades donde se realiza la prueba. “La última palabra siempre la tiene el Ministerio; las Autonomías están supeditadas, aunque también pueden tener un posicionamiento claro y negarse”, resume Charo Sánchez. De hecho es imposible saber qué campos se han concedido o no y qué experimentos se están llevando a cabo, ya que esa información debería salir publicada en las actas de la Comisión Nacional de Bioseguridad (CNB), documentos que no ven la luz desde 2008.

Según las últimas solicitudes publicadas por el Ministerio, entre 2009 y 2011, hasta 100 localidades de todo el estado Español se habrán convertido temporalmente (de 6 a 12 meses) en laboratorios a campo abierto de la agroindustria. Pioneer, Monsanto o Bayer, entre otras, se reparten autonomías para sus ensayos. “El concelho de Lalín intentó localizar la ubicación exacta de los campos en su territorio”, revela Sánchez. “Llegó hasta a contactar con Monsanto, que era quien tenía solicitados los campos. También lo intentó Chantada, pero ambos fracasaron. Es muy pre- ocupante que incluso a la propia Administración local le nieguen datos. Esta situación es una muestra de la gran complicidad entre las multinacionales y los gobiernos”, añade.

“Es muy complejo. Hay muchos vacíos legales por los que formalmente no se hace nada irregular pero que generan situaciones complicadas”, afirma Sira Rego, concejala de Medio Ambiente de Rivas Vaciamadrid. Esta localidad consiguió paralizar una solicitud de experimentación con maíz en su territorio. “No nos comunicaron nada porque en principio nos dijeron que no tenían por qué hacerlo”. Para Sánchez, la situación es vergonzosa. “Es un tema social que está afectando a toda la ciudadanía. Debe ser debatido y explicado”, concluye.

¿Sólo regalos?

Regalos, comidas o muestras gratuitas de semillas son algunas de las estrategias que la agroindustria despliega para atraer a agricultores y agricultoras. La revista de la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos (UPA) relata cómo en septiembre de 2009 una delegación del sindicato recorría Estados Unidos invitada por Monsanto. El objetivo de este viaje, según la UPA, fue “visitar varios centros de investigación agraria, así como explotaciones dedicadas al cultivo del maíz, la soja y la remolacha”. Durante una semana esta delegación recorrió fincas de experimentación de cultivos y se reunió con distintos expertos de Monsanto en materia de agua o mejora genética. Como colofón y siempre usando la expresión “agricultura familiar”, visitaron dos explotaciones de remolacha tolerante a herbicidas. “UPA valora muy positivamente este viaje”.


Secretismo y riesgos de los organismos genétiamente modificados (OGM)

La Comisión Nacional de Bioseguridad
La CNB, dependiente del Ministerio, es la encargada de elaborar los informes que dan el visto bueno a los experimentos con transgénicos. Está compuesta por 46 miembros, de los cuales tan sólo siete son representantes científicos. Sus miembros están cercanos a la agroindustria.

Algodón
LLa solicitud de Bayer para experimentar con algodón tolerante a herbicida roza la inseguridad: “Debido a las medidas tomadas en el ensayo y a que no existen especies silvestres emparentadas con el algodón en Europa, consideramos que no puede producirse transferencia de genes a otras especies ni al algodón convencional”.

Maíz
Las "buenas intenciones" acompañan a Monsanto y su maíz NK603 x MON810. “Se ha demostrado que este maíz es tan seguro y tan nutritivo como cualquier otro. Se espera que su producción impacte positivamente en las prácticas agronómicas actuales y que beneficie a los agricultores y al medio ambiente”.

Remolacha
La seguridad también está presente en la solicitud de KWS Semillas Ibérica. “El uso de remolacha tolerante a glifosato puede permitir una producción de remolacha más competitiva y sostenible, con un control de malezas eficaz y aprovechando las favorables características de seguridad de Roundup”.

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Autor: Izaskun Sánchez Aroca
Fecha: 25/01/2010
URL: http://diagonalperiodico.net/Cien-campos-secretos-de-prueba-de.html?var_recherche=100%20campos%20experimentaci%F3n
Fuente: http://www.diagonalperiodico.net/